México: Un Estado policial-militar (Raúl Zibechi)

44 Amarillo, Texas to Albuquerque, New Mexico

Mientras el presidente Peña Nieto es recibido con alfombra roja, su policía y los servicios de seguridad tienen las manos manchadas de sangre», dijo Tom Davies, jefe de la campaña de Amnistía Internacional en el Reino Unido contra la aplicación de la tortura en México. La organización se pregunta por qué un personaje cuyas manos están manchadas de sangre es alojado en el Palacio de Buckingham. La respuesta vino de la mano del secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, quien aseguró que al capital no le asusta la violencia mexicana.

Meses atrás la revista «Forbes» aseguraba que México ostenta uno de los mejores climas de negocios del mundo («Forbes», 7 de julio de 2014). Es evidente que masacres como la de Ayotzinapa, la muerte de más de cien mil mexicanos y la desaparición de más de 20 mil personas no afectan la confianza del empresariado. Este tipo de estudios se realizan consultando directores, editores y periodistas de medios de comunicación económicos y políticos. En América Latina, los dos países que van por delante en optimismo económico son Colombia y México, precisamente aquellos donde la violencia es mayor.

De lo anterior podrían sacarse algunas conclusiones sobre el verdadero papel de la democracia electoral como forma de control y disciplinamiento de los trabajadores, así como de la profunda insensibilidad social del capital financiero. El capital busca seguridad, pero no la que a veces imaginamos, una sociedad segura, sino apenas orden vertical en los espacios-islas donde realiza sus negocios y residen sus ejecutivos. México es un vivo ejemplo de esto.

Las instituciones no funcionan y tienen bajísima credibilidad. Un reciente estudio muestra que la desconfianza en las diversas policías y en la justicia oscila entre el 79 y el 93% y que el mercado de seguridad privada creció un 58% entre 2007 y 2013 («La Jornada», 21 de febrero de 2015). Eso quiere decir seguridad para quien pueda pagarla.

En paralelo, debe destacarse que las clases dominantes han renunciado a la legitimidad de sus aparatos e instituciones, que ya no les preocupa gobernar en base al consenso y la hegemonía, y que optaron lisa y llanamente por la dominación. O sea, por imponerse a la fuerza. Algo así piensa el profesor de ciencia política Imanol Ordorika sobre el Estado mexicano, al que define como un Estado en crisis.

«Había un Estado fuerte y autoritario con el PRI (Partido de la Revolución Institucional), con gran capacidad de articulación social. Pero ese mecanismo que llamamos partido de Estado, se rompió y nada lo sustituyó, de modo que todo quedó suelto: el narco, los sindicatos priistas, los empresarios. El resultado es que no hay legitimidad para operar con ningún actor», sostiene en un largo y reposado intercambio.

A la falta de credibilidad de las instituciones se suma la caída de los precios del petróleo y la amenaza de colapso económico, con potentes movilizaciones sociales de los más variados sectores de la sociedad (pero sin movimientos de alcance nacional) y una izquierda que ha dejado de ser alternativa, sobre todo para los jóvenes. Casi la mitad de ellos desconfían de los partidos. El telón de fondo es la creciente militarización de la vida cotidiana, la presencia sofocante de uniformados especialmente visible en las ciudades intermedias.

Algo que sorprende, y alarma, en México, es el carácter de la represión. Quienes vivimos las dictaduras del Cono Sur, sabemos que la represión estuvo focalizada en militantes políticos y sociales, desde guerrilleros a sindicalistas. El objetivo parecía claro: eliminar a los disidentes. Pero en México se registra una violencia indiscriminada y difusa, que afecta sobre todo a personas no vinculadas a los movimientos y a los partidos, y solo puntualmente se focaliza en los militantes. Los migrantes que se dirigen a Estados Unidos son uno de los sectores más golpeados.

La palabra caos surge para describir una sociedad en descomposición. Pero no es un caos cualquiera. Para Ordorika no se trata de un caos programado, sino fruto de las improvisaciones y errores del Gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) en su «guerra al narcotráfico». Los compara incluso con los desvaríos de George W. Bush en sus fracasadas invasiones a Irak y Afganistán. Sin embargo, de este caos se benefician unos pocos y, muy en particular, los Estados Unidos. Lo que permite intuir que si no lo planificaron, por lo menos saben moverse de maravilla en este escenario.

Un efecto directo de la crisis del Estado y del caos social y político imperante afecta a las izquierdas centradas en las elecciones. El viejo partido de las izquierdas, el PRD (Partido de la Revolución Democrática), está implicado en la masacre de Ayotzinapa y enlodado con el narcotráfico. Hace tiempo dejó de ser referente de cambios. «Desde 1994 el PRD perdió toda tensión por los cambios. Fui candidato y vocero en la campaña. Pero ya se había burocratizado y separado de los movimientos. Hoy es una alianza muy amplia y pragmática alrededor del dinero», asegura Ordorika, quien vivió el proceso desde las entrañas.

El nuevo partido creado en torno a Andrés Manuel López Obrador, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), tuvo amplia credibilidad luego del fraude en las elecciones e 2006, cuando encabezó importantes movilizaciones. Sin embargo, Ordorika sostiene que practica la misma cultura política que el PRD. «En 2006 estaban tan seguros que iban a ganar, que empezaron a repartir cargos antes de las elecciones», dice con tono de amargura. Hoy lo visualiza desdibujado y sin el menor atractivo para los jóvenes. Otros analistas explican que es un partido enraizado entre los mayores de 40 años.

La pregunta a estas izquierdas es: ¿Qué sentido tiene asumir instituciones decadentes, estructuralmente moldeadas para reprimir y dominar? En las tres últimas décadas, cada vez que las izquierdas optaron por gobernar el Estado-nación, las gobernaciones y municipios acabaron deslegitimados. Ahora se está produciendo un intenso debate sobre si conviene o no participar en las elecciones en el estado de Guerrero, cuando los peajes de la autopista que va del Distrito Federal hasta Acapulco están tomados por cientos de familiares y amigos de los desaparecidos de Ayotzinapa.

El gran desafío es convertir las extensas movilizaciones en movimientos de largo aliento. Solo ese tipo de movimientos son capaces de modificar, a la vez, la cultura política hegemónica y la relación de fuerzas entre dominados y dominadores. Si ese paso no se concreta, la energía social desatada a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa se disipará sin dejar legados políticos, sociales y culturales. Fuera de Chiapas no se han conformado movimientos potentes, o los que nacieron fueron tragados por la dinámica institucional.

Parece claro que el zapatismo sigue siendo inspirador de los rebeldes en muchos rincones de México. Pero en cada lugar la rebeldía deberá asumir formas propias, con o sin coordinación nacional, pero seguramente confluyendo con todos los movimientos locales. En este momento, los familiares de Ayotzinapa tienen la legitimidad y el coraje suficientes para seguir aglutinando el amplio e incontenible descontento social.

Fuente: naiz.eus

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